Nota en Revista Ramona

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Por Luciana Olmedo Wehitt


La Invención de Chaskielberg

Una tarde, transcurrido un año de tu currículum número cero, decidiste volver a ahondar Entre Desiertos en la hora Nocturama. De ese día siempre recuerdo las vueltas por tu Delta…

Puesta a punto.

Habías decretado que para leer la naturaleza, era menester mimetizarse, convertirse en línea. Simplificaste el encuadre para capturar el detalle. Nadábamos en tu mundo sin brújula ni compás.

Orzamos.

La creciente, imperiosa.
El agua, tu somnífero.

Sujetaste el tiempo. Resultaba hipnótico convertirse en testigo ocular de la danza nocturna que tejían cielo y agua. Los objetos habitantes generaban, en este hiato, una dialética de la mirrorización.

La luna, tu diáfano blanco.
Lo viviente, tu color.

Así, navegando en la isla de plantas, proyectabas para aliviar. Atrapabas a El Doble y lo estampabas en un brillante metal. Ampliación del Efecto Pygmalión. Azul en verde y viceversa.

Derivamos.

De repente el éter se colmaba con el Fuego de los Sauces. Los párpados cerrados ahogaban ambigramas que el ojo observaba en la luz.

Anclamos.

La luna te hablaba en la noche cuando el agua le servía de espejo. Mi pensamiento se escabullía en las ramas.

No comprendí, hasta que la oscuridad, toda, estuvo hecha de árboles, que eras un mensajero. Chaski imperial de ésta, tu Propia Agua. Espejo solar blanco en la noche.