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Cazando al felino de agua


A pocos kilómetros de Buenos Aires, un laberinto
de cientos de islas y otros tantos ríos y canales –el
Delta– compite con la ciudad como fuente de creación y
aventuras para los artistas.

¨Yo debo preferir el agua que esté detenida en la noche para que el silencio se eche lentamente sobre ella y todo se llene de sueño y de plantas enmarañadas. Eso es más parecido al agua que llevo en mí, si cierro los ojos siento como si las manos de una ciega tantearan la superficie de su propia agua y recordara borrosamente, un agua entre plantas que vio en la niñez, cuando aún le quedara un poco de vista"
Felisberto Hernández
Agua, silencio, río, árboles, humedad, viento, canales, niebla, detenimiento, atemporalidad, la creciente, la inundación, los pájaros, la bajante, el monte.
Cientos de canales que desembocan en el Río de la Plata, los isleños, los que escapan de la ciudad, el ruido de una motosierra a distancia, un perro que ladra a una lancha, una piragua pasando por el río, un barco lleno de juncos recién cortados, dos hombres con sombrero remando, uno se lo saca para saludar, el otro que agacha su cabeza sin dejar ver su rostro. Un dialécto semi-paraguayo semi-isleño.
Pasar la tarde tomando mate en el muelle de la casa y ver un camalote en el río, que tal vez traiga una víbora entre sus enredos o simplemente nos gusta pensar eso, o sólo es parte del imaginario del Delta.
El ruido del monte, alguien que corta un árbol a lo lejos, una motosierra que se detiene, el árbol cortado en el monte que descansará hasta mañana, cuando la creciente del río permita buscarlo a través del pequeño canal interisleño.
El sol baja, se vá la luz y ya no se trabaja.
Unos hombres que se emborrachan al atardecer en el almacén de Coty tomando unos Mariposas. Las motosierras que descansan en los botes y los Sauces y los Álamos que tienen su paz.
Caminar por el monte a la noche yendo a tomar una foto y ver el vapor saliendo de mi boca y la de todos. Los actores detenidos durante los diez minutos que dura la toma forográfica mientras la luna los vá iluminando, y yo que recorro la escena iluminando con mi linterna.
Silenciar. Escuchar.
Un lugar lleno de imágenes.

Los paraguayos. Así se los llama en el Tigre y su nombre suena como una entidad, una forma de nombrar a estos trabajadores que andan en grupo, que trabajan incansablemente desde el amanecer.
Bajan desde Paraguay en algún barco que los acepta como tripulantes, a cambio de hacer de marineros por algunos días, o tal vez llegan en micro desde la estación de Retiro y en su viaje en tren rumbo al Tigre ven la ciudad de Buenos Aires, maravillosa y única.
Se internarán en el monte a trabajar durante el invierno, matearán al amanecer escuchando la radio en alguna casilla de madera, y en el verano, con el calor y la llegada de los mosquitos dejarán el monte, volverán a su casa o emigraran a la ciudad a trabajar de albañiles.
Suelen levantarse unas horas antes de salir al monte, se ponen la misma ropa que usarán durante toda la temporada, se calzan las botas y matean. Escuchan bajita la radio y queman algunos tronquitos en la infaltable salamandra. Cantan bajito al hablar, porque el Guaraní suena como un canto a lo lejos.
Son los nómades del Paraná, y están de paso.

La colectiva es la lancha interisleña que recorre los cientos de canales de agua marrón que conforman el Delta. Vibrando con su potente motor diesel que desde lejos se escucha como el rugir de un animal, nos llama al silencio.
Luego de dos horas se llega a Los bajos del Temor, una vasta zona de islas en formación a la vera del Río de la Plata. Allí, en los días donde la bajante es pronunciada, todo se transforma en un gran playa de barro alternada con islas de juncales, y durante la creciente, se convierte en una zona peligrosa de aguas bajas, donde algún que otro barco queda encallado. Este fue el lugar que elegí para tomar mis fotografías.

La creciente es la vida del Delta, su respirar, su cambio. El agua sube y baja con las mareas, con la salida de la luna, y con el sentido del viento.
Cuando sopla viento del sudeste, el agua no puede salir al Río de la Plata y todo se inunda. Desaparecen los muelles y la tierra, y sólo se ven las casas elevadas sobre sus pilotes en medio de un mar de agua dulce.
La creciente permite sortear los troncos depositados en el fondo de los pequeños canales que dividen las islas, de esta manera se puede ingresar al monte, a buscar la madera tirada unos días atrás. Y sin la creciente no se puede, y hay que esperarla.

El Delta es un estuario único en el mundo, lleno de agua y silencio, es un lugar en constante cambio, con sus heladas en invierno y sus ríos llenos de niebla al amanecer. Con una vegetación indetenible, se presenta único para cada persona y por eso es motivo de inspiración de innumerables artistas.
Cuando uno entra allí ya no sale de la misma forma, su atmósfera de atemporalidad es implacable y no dá elección. Ahí uno piensa, porque escucha. El sonido atraviesa el monte y se pueden oír los remos de un bote a lo lejos o alguien hablando a cien metros, o el chirrido de cientos de murciélagos en la noche.
Al contrario del agua estanca, que es pesada y densa en su monotonía, el fluir del agua del Delta aligera el pensamiento y depura.

Durante el año que pasé en el Delta fui armando un imaginario con la influencia de escritores rioplatenses como Haroldo Conti, Anibal Ford o el uruguayo Felisberto Hernández. Cada uno ha hecho un recorte particular de este espacio, cada uno escribió sus ficciones a partir de su vivencia, porque eso genera ese estuario: un sinfín de ficciones particulares en un intento de capturar su escencia.
Luego llegaron las imágenes.